Ira.
Ya lo identifiqué, y luego?
Noir
ce n'est pas seulement une absence de couleur ...
lunes, 2 de abril de 2012
viernes, 2 de marzo de 2012
Medusa
-No voltearé a mirarte, no voltearé a mirarte, no voltearé a mir...
Y no pude hacerme de piedra, porque ya era de piedra.
Y no pude hacerme de piedra, porque ya era de piedra.
viernes, 24 de febrero de 2012
martes, 17 de enero de 2012
Desprenderme de ti no es tan fácil.
No es como quitarse un zapato o lavarse las manos.
Es más bien lavarse el alma.
Pero teniendo cuidado de no quitar los recuerdos, porque esos serán los que en mi vejez me indiquen que he sido digna de vivir.
Más bien es pulirlos un poco, rasparles la melancolía, abrillantar la alegría, de tal forma que produzcan sonrisas y no llanto.
De tal forma que la próxima vez que me encuentre a alguien que voltee a ver y me diga que no debo dejar ir, tú estés ahí, no para confundirme, sino para recordarme por dónde empezar de nuevo.
Eres necesario, olvidarte es un error.
Pero no eres tan necesario como para robarme espacio que alguien más puede necesitar más adelante. Finalmente tú no lo quisiste, entonces hay que dejar bien vacía y limpia esa habitación en mi corazón, para que alguien más pueda ocuparla.
Es entonces que se complica, desprenderme de ti sin desprenderme del todo.
Voy, poco a poco, con cuidado, raspando, puliendo, guardando lo que me sirve, quitando lo que me sobra.
Como ya bien dije, no es tarea fácil, pero tampoco imposible.
lunes, 14 de noviembre de 2011
lunes, 17 de octubre de 2011
Una historia
Uno de los recuerdos más bonitos de mi infancia es el siguiente:
Cuando era niña, era una gran lectora. Gran parte de ello se lo debo a mi papá. Mi padre amaba leer: leía en los camiones, leía en casa, leía mientras esperaba que yo saliera de la escuela, leía en la fila del banco, leía siempre. De él y con él, aprendí a leer. Así pues, mi padre era un gran cazador de historias y libros de segunda mano, pues eso le permitía adquirirlos a muy bajo costo y con gran frecuencia. En aquel entonces aún no eran tan comunes las islas de libreros que ahora forman parte del pasaje Enríquez, así que buscaba siempre nuevos lugares donde poder conseguir sus novelas.
En una ocasión, llegó a presumirme muy contento que había encontrado un lugar genial. Era una pequeña nevería ubicada en un callejoncito, a unos pasos de la tradicional -y creo que hoy extinta- chocolatería Choco Tepa. Me contó que vendían unas nieves buenísimas (seguro ya lo había corroborado), caseras y a buen precio, en una placita muy bonita y apacible donde se podían disfrutar. Y mejor aún, vendían novelas nuevas y seminuevas de todo tipo. Qué mejor combinación.
No tardó en llevarme saliendo de la escuela a compartir su gran descubrimiento.Yo tendría entonces como unos diez años. La nevería-librería era atendida por una señora muy amable y recuerdo que parte de su familia. Quizá él pudiera dar mejores detalles. Y en verdad, el lugar era y sigue siendo encantador y si algún paisano lo conoce no me dejará mentir. En ese entonces todo estaba más bonito y cuidado, la nevería era más grande y tenía mesitas en el exterior donde uno podía saborear su nieve y leer. Recuerdo que preparaban unos flotantes con helado de vainilla y de limón buenísimos y desde que los descubrí se hicieron mis favoritos.
Desde entonces nos hicimos asiduos compradores, yo de nieves, mi padre de libros. Llevadero y agradable como fue siempre, no tardó en hacer amistad con la señora y siendo clientes frecuentes, la amistad prosperó.
No recuerdo la ocasión ni el día, se que fue uno de tantos, pero en nuestra habitual búsqueda de libros y nieves, la señora me mostró un libro de una colección juvenil que dijo era perfecto para mí. Se llamaba Alicia y Jill y era una historia sencilla sobre dos amigas que se conocían un verano en la campiña italiana. Tampoco recuerdo con exactitud cómo sucedió ni qué la llevó a hacerlo, aunque lo supongo, pero ese día la señora me regaló el libro.
Lo leí una, y otra, y otra, y otra vez. Aún recuerdo la historia detalle a detalle, las ilustraciones, la textura. El libro debe seguir por ahí, en la casa de mis abuelos. Probablemente sea uno de los regalos más lindos y que más he disfrutado en toda mi vida y años después, cada vez que pasaba por ahí -lo cual no era muy seguido pues es un callejoncito escondido y sólo uno que otro taxi callejonero me llevaba- recordaba a la señora, los libros, las nieves y el libro que me regaló y por el cual siempre le estaré agradecida.
Dejamos de ir. Creo que la nevería empezó a pasar una mala racha y terminó cerrando, no lo se. Empezamos a hacer otras cosas, llegaron más vendedores de libros a la ciudad y el hambre de novelas de mi padre lo llevó a buscar nuevos puntos de venta. En ocasiones salía a la plática la nevería y la placita: "¿Te acuerdas de la nevería, y de los flotantes, y la señora? Creo que ya cerró, pero qué buenas eran". Luego mi papá se fue y con él la búsqueda insaciable de historias. Me dediqué a otras cosas, abandoné los libros y me transformé en aprendiz de mercadóloga.
Este fin de semana, buscando un nuevo lugar para vivir, llegamos al callejón. La placita estaba intacta. La fuente de los platos, la jardinera, la banca, las casas decoradas. Y el letrero. Y la puerta. La nevería estaba ahí de nuevo. Le dije a mi madre que quería una nieve y mientras ella se ocupaba de averiguar sobre rentas yo fui con la más pequeña de las Noir en busca de mis recuerdos. El lugar es una quinta parte de lo que una vez fue, pero reconocí el viejo mueble de madera similar a donde exhibían los libros, vacío ahora. Una mujer atendía a una pareja. Era ella. Pensé en todo lo que podía decirle, pero cuando llegó mi turno sólo acerté a preguntar cuánto costaban las nieves. El olor a madera vieja y a medicina me recordaba que habían pasado al menos quince años desde aquel día en que me regaló un libro. La miré y le sonreí, como si esperase estúpidamente que me reconociera. Obviamente no fue así. Su rostro marchito por los años me dejó ver el paso del tiempo pero su sonrisa amable no ha cambiado. Esas cosas nunca cambian. Compré una nieve para mi hermanita, otra para mí, le di las gracias con una gran sonrisa y le dije adiós.
Cuando era niña, era una gran lectora. Gran parte de ello se lo debo a mi papá. Mi padre amaba leer: leía en los camiones, leía en casa, leía mientras esperaba que yo saliera de la escuela, leía en la fila del banco, leía siempre. De él y con él, aprendí a leer. Así pues, mi padre era un gran cazador de historias y libros de segunda mano, pues eso le permitía adquirirlos a muy bajo costo y con gran frecuencia. En aquel entonces aún no eran tan comunes las islas de libreros que ahora forman parte del pasaje Enríquez, así que buscaba siempre nuevos lugares donde poder conseguir sus novelas.
En una ocasión, llegó a presumirme muy contento que había encontrado un lugar genial. Era una pequeña nevería ubicada en un callejoncito, a unos pasos de la tradicional -y creo que hoy extinta- chocolatería Choco Tepa. Me contó que vendían unas nieves buenísimas (seguro ya lo había corroborado), caseras y a buen precio, en una placita muy bonita y apacible donde se podían disfrutar. Y mejor aún, vendían novelas nuevas y seminuevas de todo tipo. Qué mejor combinación.
No tardó en llevarme saliendo de la escuela a compartir su gran descubrimiento.Yo tendría entonces como unos diez años. La nevería-librería era atendida por una señora muy amable y recuerdo que parte de su familia. Quizá él pudiera dar mejores detalles. Y en verdad, el lugar era y sigue siendo encantador y si algún paisano lo conoce no me dejará mentir. En ese entonces todo estaba más bonito y cuidado, la nevería era más grande y tenía mesitas en el exterior donde uno podía saborear su nieve y leer. Recuerdo que preparaban unos flotantes con helado de vainilla y de limón buenísimos y desde que los descubrí se hicieron mis favoritos.
Desde entonces nos hicimos asiduos compradores, yo de nieves, mi padre de libros. Llevadero y agradable como fue siempre, no tardó en hacer amistad con la señora y siendo clientes frecuentes, la amistad prosperó.
No recuerdo la ocasión ni el día, se que fue uno de tantos, pero en nuestra habitual búsqueda de libros y nieves, la señora me mostró un libro de una colección juvenil que dijo era perfecto para mí. Se llamaba Alicia y Jill y era una historia sencilla sobre dos amigas que se conocían un verano en la campiña italiana. Tampoco recuerdo con exactitud cómo sucedió ni qué la llevó a hacerlo, aunque lo supongo, pero ese día la señora me regaló el libro.
Lo leí una, y otra, y otra, y otra vez. Aún recuerdo la historia detalle a detalle, las ilustraciones, la textura. El libro debe seguir por ahí, en la casa de mis abuelos. Probablemente sea uno de los regalos más lindos y que más he disfrutado en toda mi vida y años después, cada vez que pasaba por ahí -lo cual no era muy seguido pues es un callejoncito escondido y sólo uno que otro taxi callejonero me llevaba- recordaba a la señora, los libros, las nieves y el libro que me regaló y por el cual siempre le estaré agradecida.
Dejamos de ir. Creo que la nevería empezó a pasar una mala racha y terminó cerrando, no lo se. Empezamos a hacer otras cosas, llegaron más vendedores de libros a la ciudad y el hambre de novelas de mi padre lo llevó a buscar nuevos puntos de venta. En ocasiones salía a la plática la nevería y la placita: "¿Te acuerdas de la nevería, y de los flotantes, y la señora? Creo que ya cerró, pero qué buenas eran". Luego mi papá se fue y con él la búsqueda insaciable de historias. Me dediqué a otras cosas, abandoné los libros y me transformé en aprendiz de mercadóloga.
Este fin de semana, buscando un nuevo lugar para vivir, llegamos al callejón. La placita estaba intacta. La fuente de los platos, la jardinera, la banca, las casas decoradas. Y el letrero. Y la puerta. La nevería estaba ahí de nuevo. Le dije a mi madre que quería una nieve y mientras ella se ocupaba de averiguar sobre rentas yo fui con la más pequeña de las Noir en busca de mis recuerdos. El lugar es una quinta parte de lo que una vez fue, pero reconocí el viejo mueble de madera similar a donde exhibían los libros, vacío ahora. Una mujer atendía a una pareja. Era ella. Pensé en todo lo que podía decirle, pero cuando llegó mi turno sólo acerté a preguntar cuánto costaban las nieves. El olor a madera vieja y a medicina me recordaba que habían pasado al menos quince años desde aquel día en que me regaló un libro. La miré y le sonreí, como si esperase estúpidamente que me reconociera. Obviamente no fue así. Su rostro marchito por los años me dejó ver el paso del tiempo pero su sonrisa amable no ha cambiado. Esas cosas nunca cambian. Compré una nieve para mi hermanita, otra para mí, le di las gracias con una gran sonrisa y le dije adiós.
Foto de la placita tomada desde la nevería mientras mi madre sacaba 20 pesos de su bolsa para dos nieves
lunes, 19 de septiembre de 2011
La soledad
La soledad es muy cómoda
no dependes de nadie
administras tus tiempos
nadie critica tu desorden
comes lo que quieres
eliges tus horas de dormir
sólo tú puedes herirte con tus pensamientos sombríos
que siempre ahogas con esperanzas fútiles
la soledad es tan cómoda
que puedes hundirte en ella
y siempre te abrazará en su lecho suave para dormir
pero cuando decides
salir
decir sí a las invitaciones de tus viejos amigos
decir sí a celebrar los buenos momentos
decir sí a tender un hombro para llorar
decir sí a esas cosas tan engorrosas
como compartir la comida
reírse de malos chistes
discutir por estupideces
abrazarse
charlar bajo la lluvia
o dormir con alguien
esas cosas que hacen perder el tiempo y la paciencia
y que parecieran nutrir el espíritu
descubres que la soledad es muy cómoda
pero incómodamente solitaria.
no dependes de nadie
administras tus tiempos
nadie critica tu desorden
comes lo que quieres
eliges tus horas de dormir
sólo tú puedes herirte con tus pensamientos sombríos
que siempre ahogas con esperanzas fútiles
la soledad es tan cómoda
que puedes hundirte en ella
y siempre te abrazará en su lecho suave para dormir
pero cuando decides
salir
decir sí a las invitaciones de tus viejos amigos
decir sí a celebrar los buenos momentos
decir sí a tender un hombro para llorar
decir sí a esas cosas tan engorrosas
como compartir la comida
reírse de malos chistes
discutir por estupideces
abrazarse
charlar bajo la lluvia
o dormir con alguien
esas cosas que hacen perder el tiempo y la paciencia
y que parecieran nutrir el espíritu
descubres que la soledad es muy cómoda
pero incómodamente solitaria.
jueves, 15 de septiembre de 2011
Vacuna para el deber ser
El mundo del deber ser no es funcional para nadie, mas que para mí. Todos saben que existe pero nadie se lo toma tan en serio. Y yo... Debes decir la verdad. No debes emborracharte. Debes ser amable con todos. No debes ser infiel. Debes casarte y tener dos hijos. No debes llegar a los 30 sin ser lo que esta sociedad cataloga como una mujer exitosa. Y esa mierda. Hace años descubrí que estas reglas autoimpuestas no me sirven de nada y aún no logro deshacerme de ellas.¿Hay una vacuna para el deber ser? ¿O ya está descontinuada? No me extrañaría, siempre llego cuando todos ya se han ido.
domingo, 4 de septiembre de 2011
Anecdotario
Esta historia se repite, cada vez que Nan requiere hacer trámites to the hell:
-Nan: Madre, puedes darme mi CURP y el acta de nacimiento que te di?
-Mrs. Noir: Me diste?
-Nan: Sí, te las di cuando dijiste que me ibas a asegurar en el IMSS.
-Mrs. Noir: Tú a mí no me diste nada.
-Nan: Sí, madre. El mes pasado. Fuimos a las oficinas del IMSS y las necesitabas, así que te di todos mis documentos. Me los puedes dar por favor?
-Mrs. Noir: Fuimos al IMSS?
-Nan: Sí, y a ver lo del seguro popular. Te acuerdas? Cuando te daba miedo que me rompiera una pata?
-Mrs. Noir: Tú y yo no fuimos a ningún lado. Yo no tengo nada.
-Nan: Madre... tú los tienes...
(Mrs. Noir da de vueltas y busca entre sus papeles)
-Mrs. Noir: Yo no tengo nada. Tú como siempre, tienes tu tiradero y cuando necesitas algo, vienes y me echas a mí la culpa. Yo siempre tengo que estar al pendiente de todo en esta casa. De mis cosas, de mi trabajo y encima de tus papeles. Muy grandecita para andar con el novio pero no eres capaz de tener tus papeles en orden. Y como siempre me echas la culpa a mí. A ver qué vas a hacer si no aparecen. Gusto me va a dar, pero merecido te lo tienes, porque eres una desordenada, mira yo, papel que tomo, papel que dejo en su lugar, no es posible que a tu edad tenga una que andarte recogiendo los papeles por todos lados, a ver, esas facturas, tienen meses ahí tiradas, yo no se para que te facturo si esas facutras siempre están ahí tiradas...
(encuentra mis papeles)
¡Aquí están! Ah... sí... yo los tenía... ya recordé... que los puse aquí en este folder. ¿Ves? Yo siempre tengo mis folders en orden, siempre sé donde está todo. No se porqué no eres capaz de recordar dónde dejas las cosas...
-Nan: ¬¬ gracias, madre.
¿Qué haría una sin su madre?
-Nan: Madre, puedes darme mi CURP y el acta de nacimiento que te di?
-Mrs. Noir: Me diste?
-Nan: Sí, te las di cuando dijiste que me ibas a asegurar en el IMSS.
-Mrs. Noir: Tú a mí no me diste nada.
-Nan: Sí, madre. El mes pasado. Fuimos a las oficinas del IMSS y las necesitabas, así que te di todos mis documentos. Me los puedes dar por favor?
-Mrs. Noir: Fuimos al IMSS?
-Nan: Sí, y a ver lo del seguro popular. Te acuerdas? Cuando te daba miedo que me rompiera una pata?
-Mrs. Noir: Tú y yo no fuimos a ningún lado. Yo no tengo nada.
-Nan: Madre... tú los tienes...
(Mrs. Noir da de vueltas y busca entre sus papeles)
-Mrs. Noir: Yo no tengo nada. Tú como siempre, tienes tu tiradero y cuando necesitas algo, vienes y me echas a mí la culpa. Yo siempre tengo que estar al pendiente de todo en esta casa. De mis cosas, de mi trabajo y encima de tus papeles. Muy grandecita para andar con el novio pero no eres capaz de tener tus papeles en orden. Y como siempre me echas la culpa a mí. A ver qué vas a hacer si no aparecen. Gusto me va a dar, pero merecido te lo tienes, porque eres una desordenada, mira yo, papel que tomo, papel que dejo en su lugar, no es posible que a tu edad tenga una que andarte recogiendo los papeles por todos lados, a ver, esas facturas, tienen meses ahí tiradas, yo no se para que te facturo si esas facutras siempre están ahí tiradas...
(encuentra mis papeles)
¡Aquí están! Ah... sí... yo los tenía... ya recordé... que los puse aquí en este folder. ¿Ves? Yo siempre tengo mis folders en orden, siempre sé donde está todo. No se porqué no eres capaz de recordar dónde dejas las cosas...
-Nan: ¬¬ gracias, madre.
¿Qué haría una sin su madre?
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